Personas que caminan sobre un mural enmarcado entre dos fachadas

No Diario

Agosto siempre me parece un lugar de paso. No termina de ser un principio ni un final. Tiene algo suspendido, como si el tiempo se ralentizara lo suficiente para obligarnos a mirar aquello que llevamos meses esquivando.

Este año no consigo escapar.

La novela lleva demasiado tiempo viviendo conmigo. Al principio era apenas una intuición. Después empezó a ocupar conversaciones, paseos, películas, libros. Ahora aparece en cualquier sitio. Una frase mientras espero el autobús. Un personaje sentado en la mesa de al lado de una cafetería. Una escena que se construye sola mientras camino por Madrid. Empiezo a sospechar que ya no estoy observando el mundo como antes. Todo acaba convirtiéndose en material para la historia.

Hay ideas que aceptan ser olvidadas. Esta no.

Cuanto más intento apartarla, con más fuerza vuelve. No llama a la puerta; se instala. Me acompaña cuando leo, cuando cocino, cuando trabajo. A veces tengo la sensación de que la novela ya existe y que mi única tarea consiste en encontrar la manera de escucharla.

Durante mucho tiempo espero el momento perfecto para empezar. Imagino que un día tendré más tiempo, más calma, más confianza. Ahora entiendo que ese día no va a llegar. Escribir nunca empieza cuando desaparece el miedo. Empieza cuando el miedo deja de ser una excusa.

No sé si seré capaz de escribir la novela que imagino. Ni siquiera sé si la historia terminará pareciéndose a la que llevo años construyendo en silencio. Lo único que sé es que seguir aplazándola empieza a doler más que enfrentarme a la página en blanco.

Quizá todas las novelas nazcan dos veces. La primera, cuando aparecen. La segunda, cuando el escritor decide dejar de huir de ellas.

Creo que hoy ocurre exactamente eso.

La historia ya no me pide permiso.

Y yo, por fin, dejo de buscar excusas para no escribirla.