Una puerta entreabierta junto a una mesa y una silla roja

No Diario

La novela ya no vive dentro de mí.

Durante mucho tiempo imaginé que, cuando escribiera la última frase, sentiría una especie de alivio. Como si terminar un libro significara recuperar el espacio que había ocupado durante tantos años. No sucede exactamente así.

El silencio también tiene peso.

Durante meses me acostumbro a convivir con unos personajes que me acompañan a todas partes. Están presentes mientras camino, mientras leo, mientras preparo un café o espero el metro. Pienso por ellos, discuto con ellos, les presto mis dudas y ellos me devuelven otras nuevas. Después, un día, la historia termina. Y todos se marchan al mismo tiempo.

La casa sigue siendo la misma, pero el ruido ha cambiado.

Pensaba que acabar una novela consistía en escribir un punto final. Ahora entiendo que solo es aprender a despedirse de una versión de una misma.

Mientras tanto, otra historia empieza a moverse en algún lugar que todavía no alcanzo a distinguir. No tiene personajes. No tiene estructura. Apenas es una intuición. He aprendido a no acercarme demasiado pronto. Algunas historias necesitan oscuridad antes de encontrar su propia voz.

Pienso mucho en la palabra caos. Hay quien habla de un caos ordenado, como si ambas cosas pudieran convivir. Nunca lo he entendido. El caos no tiene estanterías ni mapas. Es una tormenta que desordena incluso aquello que parecía inamovible. Es perder el camino de vuelta sin saber en qué momento dejamos de reconocer el paisaje.

Quizá por eso escribir sigue siendo mi forma de orientarme.

No porque ponga orden en el mundo, sino porque me permite caminar dentro del desorden sin dejar de avanzar.

Empiezo a sospechar que todas las novelas nacen del mismo lugar: de una pregunta que todavía no tiene respuesta.

Y quizá escribir no consista en encontrarla.

Quizá consista únicamente en seguir haciéndola.