Gato descansando delante de una estantería llena de libros

No Diario

Durante años pienso que solo estoy escribiendo una novela.

La historia ocupa tanto espacio que todo lo demás parece quedarse en segundo plano. Sin embargo, de vez en cuando aparece un poema. Lo escribo, cierro la libreta y sigo adelante. Nunca le doy demasiadas vueltas. Pienso que es solo una pausa antes de volver a la novela.

Con el tiempo llega otro.

Y después otro más.

Algunos llevan conmigo desde 2018. Otros aparecen mucho después. Entre unos y otros pasan meses, incluso años. Nunca intento que dialoguen. Nunca imagino que puedan pertenecer al mismo lugar.

Hasta que un día abro una carpeta donde llevo tiempo guardándolos.

Empiezo a leerlos uno detrás de otro.

Y ocurre algo extraño.

No parecen escritos por casualidad. Se responden. Se continúan. Hay imágenes que regresan sin que yo las haya buscado. Hay silencios compartidos. La misma manera de detenerse en las pequeñas cosas. La misma necesidad de mirar el presente con calma, como si el tiempo pudiera ensancharse durante unos segundos.

No estoy ordenando poemas.

Estoy descubriendo que llevan años ordenándose solos.

La novela me enseña que las historias necesitan paciencia.

La poesía me demuestra que también tienen memoria.

Quizá nunca escribimos un libro desde el principio hasta el final.

Quizá los libros empiezan mucho antes de que sepamos que existen. Se esconden entre hojas sueltas, cuadernos olvidados y notas escritas deprisa. Esperan. Siguen creciendo en silencio mientras nosotros creemos estar ocupados escribiendo otra cosa.

Y un día, casi sin avisar, dejan de ser poemas dispersos.

Empiezan a llamarse entre ellos.

Y terminan encontrando su propio nombre.