Estantería con libros, flores y un objeto decorativo sobre ellos

No Diario

Este año leo como quien intenta alcanzar algo que siempre queda un poco más lejos.

Termino una novela y, antes de cerrar el libro, ya estoy pensando en la siguiente. Después llegan los relatos. Los poemarios. Los ensayos. Durante semanas la mesilla de noche deja de ser una mesilla y se convierte en una torre inestable de páginas marcadas, lápices y libros abiertos por la mitad. No leo buscando respuestas. Leo porque siento que cada libro empuja una puerta distinta.

A veces me pregunto si escribir también empieza así.

Mientras leo, las ideas empiezan a multiplicarse. Aparece la imagen de una novela. Después otra completamente distinta. Un personaje cruza una habitación que todavía no existe. Un verso insiste durante varios días. Pienso en un libro de poemas. También en un cuento para niños. Incluso en una obra de teatro. Durante unas horas todos parecen imprescindibles.

Al día siguiente cambia el orden.

La historia que ayer ocupaba todo el espacio apenas deja rastro. Otra reclama su lugar. Después una tercera. Conviven, se mezclan, discuten entre ellas. Intento escuchar cuál habla con una voz más firme, pero todavía ninguna consigue imponerse.

Antes me habría inquietado esa incertidumbre.

Ahora empiezo a verla de otra manera.

Las ideas también necesitan tiempo para reconocerse a sí mismas. Algunas llegan con mucho ruido y desaparecen al cabo de unos días. Otras permanecen en silencio durante meses. Apenas dicen nada. Simplemente siguen ahí. Esperan. Vuelven cuando menos lo espero. Se sientan a mi lado mientras camino, mientras leo, mientras preparo un café.

He aprendido que no merece la pena perseguirlas.

La historia adecuada acaba encontrándote.

No porque sea la mejor.

Sino porque llega un momento en que deja de pedir atención y empieza a exigirla.

Tengo la sensación de que algo está cambiando otra vez.

Todavía no sé qué forma tendrá.

Solo sé que, desde hace un tiempo, algunos versos empiezan a aparecer con la frecuencia con la que antes aparecían las preguntas.

Y he aprendido a desconfiar de esas coincidencias.