
No Diario
El 12 de agosto de este año no miré el cielo buscando las lágrimas de San Lorenzo, como todos los años pasados, como Miércoles, una de las protagonistas de Sobresaturación. Este año sí que miré el cielo, pero para ver cómo la luna tapaba el sol durante unos segundos.
No suelo emocionarme con ese tipo de cosas. No suelo ir donde va todo el mundo. No quiero sonar como una presumida, pero, como leí en algún anuncio en alguna de las paredes madrileñas: «Rebelde se nace». Y yo nací rebelde.
Y sí, a veces rebelde sin sentido. Solo por ser rebelde. Por hacer las cosas al revés. Solo por estar en contra.
Mi abuela siempre cuenta que, de pequeña, mi respuesta para todo era siempre un no. Luego, a lo mejor, recapacitaba, pero para empezar era no. Y así sigo a día de hoy. Hay testigos, aunque no les hace mucha gracia.
En fin, todo el mundo quería ver el eclipse. Yo no.
Si no fuera por mis amigos, que tienen una terraza con unas vistas muy chulas, viven al lado y además me proporcionaron las gafas, con algo de desgana acepté la invitación.
Pero, claro, no podía dejar de ser rebelde tan fácilmente.
Llevaba toda la semana diciendo que no me creía esa tontería de que, si miras un segundo el eclipse sin gafas, te quedas ciego. Es que me negaba a creerlo. Otra exageración como tantas otras que nos venden y que luego nosotros mismos nos vendemos unos a otros.
Entonces miré el sol tapado por la luna un par de veces y no pasó nada. Está claro.
Entiendo que, si te pones a mirarlo durante una hora, sí que puede dañarte la vista. Aunque lo mismo mirando con las gafas: al final, la vista se cansaba.
Me pregunto si siempre seré así.
Así de burra. Así de empeñada en decir y hacer todo a mi manera. No como me indican las instrucciones, sino como lo veo yo después de comprobar en mi propia piel qué significa escoger un camino diferente.
Como soy más testaruda que cualquier otra cosa, supongo que así seguiré. Muchas veces insoportable.
Pero creo que lo peor de mí es la falta de paciencia.
Estoy a punto de presentar mi primera novela y ya tengo terminado mi segundo poemario. Ya estoy escribiendo una nueva novela, también un cuento para niños y, además, preparando una propuesta para un concurso de no ficción.
Y es imposible hacerlo todo a la vez.
Pero en cuanto me siento a trabajar en una cosa, enseguida vienen las ideas de otro proyecto.
Demasiado.
Y es que ya lo tengo confirmado: si no me encierro con libros, sin tele, sin móvil, sin personas, no consigo escribir ni una frase. Necesito un día entero solo entre libros para poder escribir al día siguiente. Si no, mi cabeza seguirá dando vueltas a cualquier tontería.
Y es complicado, porque una tiene vida. Tiene pareja, familia, amigos, trabajo. Y el tiempo no se estira.
La literatura me obliga a poner algo como ofrenda para que me bendiga con historias, con palabras.
Ojalá fuera un cuento, lo que estoy diciendo ahora mismo. Puede que la mayoría de los escritores dijera que es una excusa, pero puedo jurar que no tengo capacidad para crear sin sacrificar alguna parte de mi vida por el tiempo de creación.
Al acabar la promoción de Sobresaturación vendrá una temporada de silencio.
Ya siento en mis entrañas esa exigencia.
Siento que lo nuevo me está presionando.
Me está exigiendo.